Perspectivas del Cambio Climático para Costa Rica

- Gestión de Riesgos reconoce que el accionar del ser humano ha influido en el aumento de la temperatura global. Ello ha ocasionado el aumento en desastres naturales con impacto negativo desde lo económico hasta lo social.

- Desplazamientos masivos, especialmente en zonas costeras, exponen a condiciones de vulnerabilidad a las personas.


Por Miguel Gamboa Gamboa

Politólogo y Docente Universitario UCR

El cambio climático se ha posicionado tanto en la agenda mundial como nacional, algunas personas niegan el calentamiento global y lo ven como un proceso normal del planeta. Otras, por su parte, lo asumen como un hecho inevitable y consecuencia de la intervención del ser humano, para lo cual no queda más que adaptar las actividades humanas a una realidad planetaria.


Si bien, se puede pensar en los procesos ordinarios del planeta, desde la perspectiva de Gestión de los Riesgos, se considera que la intervención del ser humano ha llevado a acelerar los cambios climáticos.


Las consecuencias ya se viven a nivel global, y las vemos, por ejemplo, en el aumento de la recurrencia de las inundaciones, la erosión de las costas, el aumento de los periodos de sequías, mayor potencial destructivo de las tormentas tropicales y huracanes. Esto sin lugar a dudas afecta a la población en general; no obstante, tristemente, las condiciones sociales y económicas hacen que la población en situación de pobreza y desigualdad sean las más vulnerables al ser afectadas por eventos meteorológicos agravados por el cambio climático.


Por ejemplo, en un estudio de ACNUR se menciona que hay un porcentaje importante de personas que se desplazan por motivos de desastres naturales y cambio climático, a tal punto que en 50 años se han duplicado los riesgos de desplazamiento por desastres (ACNUR, 2017: pág. 5).


El Panel Intergubernamental para el Cambio Climático (IPCC en inglés), brinda algunas proyecciones sobre las variaciones climáticas para las próximas décadas. Para el año 2080, se prevé un aumento de los meses secos y los días cálidos, aunado a un aumento de entre 2, 5º C y 3,5ºC en la temperatura promedio anual y la reducción de 10 % de la precipitación promedio anual (IPCC, 2014: pág. 42).


En el caso costarricense, se vaticinan una serie de afectaciones producto del cambio climático global, con inundaciones más frecuentes en el Valle Central, Pacífico Central y Caribe. Por el otro lado, en el Pacífico Norte, escenarios de sequías. Estas afectaciones son particularmente dañinas para las actividades productivas como la agricultura y ganadería. Esta situación ha llevado a la intervención de las autoridades gubernamentales para afrontar desde ya los efectos inmediatos, mediante decretos de emergencias y la intervención de las instituciones.


Estas proyecciones globales y nacionales nos presentan un escenario desafiante tanto para las autoridades estatales como para la población en general, en las cuales las condiciones de vida cambiarán radicalmente. Ello resulta particularmente amenazante si no se toman las previsiones y se actúa sobre las causas estructurales que nos ha llevado como sociedad a este escenario.


La atención del cambio climático, debe ser integral y con miras de reducir las vulnerabilidades que se han construido a partir de las actividades humanas. Uno de los principales conceptos usados para afrontar el cambio climático es la adaptación, que se refiere “a la toma de acciones para evitar, beneficiarse o acostumbrarse al cambio climático presente y futuro.


La adaptación puede tener lugar de antemano (previendo y planificando antes de que los cambios sean visibles) o en respuesta a los cambios que ya se hayan producido” (UNICEF, 2017: pág. 1). Según la CEPAL, la inversión en adaptación representa un costo 0.5 % del PIB, en contraste al 5% que se estiman las pérdidas por eventos relacionados al cambio climático (CEPAL, 2011).


La respuesta institucional para el cambio climático, ha sido asumir un compromiso con la realidad local, nacional y global, esto mediante la planificación y la creación de instrumentos de política pública. En el año 2009 se crea la Estrategia Nacional para el Cambio Climático, como un primer esfuerzo consolidado en el tema, seguido de planes sectoriales en el tema y la articulación del tema en los planes nacionales de desarrollo y temáticos como la gestión de los riesgos y el ordenamiento territorial.


En el 2017, se presenta la Política Nacional de Adaptación al Cambio Climático (2018-2030), la cual propone la intervención en áreas prioritarias:  turismo, recurso hídrico, biodiversidad y bosque, agropecuario y pesca, salud, infraestructura y energía. Esto en aras de fortalecer capacidades para la adaptación, transformar amenazas en oportunidades para la adaptación e intervenir en prevención y recuperación ante eventos.


Entre los últimos esfuerzos nacionales, se pueden destacar el Programa País de Carbono Neutralidad y el Plan Nacional de Descarbonización en el año 2018, que establecen las acciones institucionales para que el país sea carbono neutral y la descarbonización de la economía. Este fue un importante esfuerzo en esta ruta durante el 2019, y se contó con la participación de 14 municipalidades para realizar el inventario de emisiones de gases de invernadero y definir una base para la descarbonización (CRUSA, junio 2019).


Retos para la adaptación al Cambio Climático


Con estos instrumentos y esfuerzos de política pública, la fortaleza para el país es la definición de una ruta estratégica que guíe la reducción del impacto y afectación de las poblaciones vulnerables. Los retos que se asumen con estos compromisos, se pueden observar desde las perspectivas política, social e institucional.


Desde lo político, el reto es el compromiso de los actores para aportar al proceso. Muchas veces los intereses políticos y económicos, llevan a que el tema sea descartado, no asumido o ignorado por los tomadores de decisión. Esto a pesar de que nos encontramos en un contexto en el cual no se tenemos mucho margen de maniobra y se requieren acciones contundentes para evitar desastres y la protección del bienestar de la población.


En lo social, es claro que la adaptación al cambio climático se debe hacer desde nuestros hogares y la producción. En este sentido, el reto gira en torno a lograr que la población y el sector privado tengan la adecuada sensibilización en el tema y, por lo tanto, el compromiso para adaptar las condiciones de vida y la producción a las necesidades del entorno amenazante. Mucho del temor es la percepción de que la adaptación y los procesos relacionados llevan a una reducción del crecimiento económico.


Por ello, es necesario reflexionar respecto a cuál es el modelo de economía que necesitamos, que vaya acorde nuestras perspectivas y que, al mismo tiempo, genere bienestar a los habitantes de manera equilibrada. La adaptación de sectores como el agrícola y transporte, son claves para lograr las metas requeridas, al ser los que abarcan mayor cantidad de población y emisiones.


El reto no es solo que las instituciones asuman su compromiso en las actividades ordinarias, sino que se tenga la suficiente capacidad de articulación de esfuerzos y recursos para reducir los impactos esperados y la adaptación que se espera sea asumida. Otro reto institucional es la generación de información e insumos que sea manejable por la población en general.  Todavía se emplean discursos muy técnicos y se generan muchos mitos sobre lo que pueda ocurrir para el habitante común.


Por tanto, las autoridades tienen que cumplir un rol de facilitación y guía de la población, para que este sea asumido e interiorizado dentro de las conductas de cada persona en la sociedad, ello de la mano con el compromiso hacia la adaptación, y la creación de capacidades de respuesta y de recuperación, para afrontar los eventos climáticos a futuro.


Hace unas semanas el columnista Jonathan Franzen escribió en The New Yorker que la humanidad tiene dos opciones: una es seguir esperando que la catástrofe es prevenible y con esto llevarse de frustración. La segunda es aceptar el desastre y con esto actuar sobre esta realidad (New Yorker, septiembre 08, 2019).


La evidencia científica y la situación diaria de las poblaciones más vulnerables, nos indica que hay procesos irreversibles, y que, como sociedad, no nos queda más que ser conscientes y actuar.






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